La Redoute, la batalla más antigua del ciclismo

Por Techo Díaz.- En 1774 los revolucionarios franceses y el ejército imperial austriaco andaban a tortas por el control de Bélgica. En previsión de una batalla, construyeron un fuerte en un puerto que, lejos estaban de saberlo, pasaría a la historia del ciclismo. Le llamaron “el reducto” -La Redoute- y fue testigo de una sangrienta batalla que supondría el fin del antiguo régimen en Bélgica.

Desde entonces, esta misma cumbre ha sido testigo de numerosas batallas, una por año desde 1892 quitando los años que había guerra de verdad. Igual de enconadas pero sin sangre de por medio. Porque La Redoute se ha convertido en juez de la más antigua de las clásicas ciclistas, la decana, ésa que sale de Lieja llega hasta Bastoña y vuelve otra vez a Lieja. Unos 260 kilómetros plagados de cotas y colinas que destrozan al más dispuesto de los corredores profesionales.

La Redoute Lieja

Decía Jean Marie Leblanc, también director del Tour y de la Roubaix, que la decana es la carrera más bella del mundo, y también la más exigente. “La Paris-Roubaix es más sentimental. Pero Lieja es más exigente desde el punto de vista atlético, y es la más hermosa, con el telón de fondo majestuoso de las Árdenas belgas”.

Con los últimos datos de la Roubaix no resulta fácil apuntalar sus palabras, pero desde luego que en Lieja no gana cualquiera. Gilbert, Valverde, Poels, Martin, Vinokourov o Schleck Andy no son leyendas solo por ganar la decana, pero hacerlo -tres veces en el caso del murciano- afianzó su puesto en el olimpo del ciclismo. El mismo Purito, segundo en 2013 y tercero en 2015, recordaba hace poco que su gran sueño no era ganar el mundial o una gran vuelta, sino haber vencido en la gran clásica belga.

Sus continuas ascensiones hacen que sea una carrera para tipos duros -Kelly, Bettini y por supuesto Merckx- pero también con opciones para los escaladores. Se considera que su dureza es similar a la de la etapa reina del Tour o del Giro, pero con el agravante de que se juega todo en un día, sin reservar fuerzas, a cara o cruz, o todo o nada.

La Redoute ya no es quizás tan definitiva como antes, pero sigue siendo la más icónica de todas las subidas. Tanto, que el propio Gilbert, último belga en ganar la prueba tuvo que presionar en 2009 para que no la eliminaran de una prueba que llevaba incluyéndola desde 1975. En 2017, será la antepenúltima cota, a 36 kilómetros de meta, antes de acometer las de Roche-aux-Faucons (km 239; 1300m al 11%)  y Saint-Nicolas (km 252; 1200m al 8,6%).

Cote La Redoute
Foto de la web Cycling Tips

292 metros de altura, 1,7 kilómetros de longitud, 161 metros de desnivel positivo, pendiente media de 9,5% y máxima del 17%. No parece una brutalidad, pero es que no se hace de salida ni de llegada, se hace con más de 200 kilómetros en las piernas a una media escalofriante. Por eso Claude Criquelion, oro en Barcelona 84, avisaba que es donde la mayoría de corredores pierden la Lieja. “Se apagan las luces y se acabó”, contaba.

“Siempre se escuchan historias de corredores que la han subido con un desarrollo largo, pero son tonterías. En los entrenamientos puede, pero en la carrera, después de 240 kilómetros, te mataría”, aseguraba Dirk de Wolf, el belga que ganó en 1992.

Aunque para victorias épicas la que se marcó Bernard Hinault en 1980, aquel año en que solo acabaron 21 corredores. Ya hemos hablado de ella y no hace demasiado, pero conviene recordarla tal como la recoge Daniel Friebe en su magistral Ascensiones Míticas.

“Aquel día, mientras Hinault se adentraba en Remouchamps, el pueblo que hay al margen del río Amblève y la puerta hacia la Redoute, él ya estaba solo. El Tejón se había despertado por la mañana, había echado un vistazo a la nieve que caía al otro lado de la ventana y había sentido ganas de volver a la cama. Tenía la secreta intención de abandonar al llegar a mitad de carrera, pero, en un esfuerzo por entrar en calor, Hinault aceleró y se dispuso a bajar los 80 kilómetros desde Lieja. Tanto en el tramo precedente a La Redoute como en el posterior, corrió junto al coche de Guimard, su director deportivo, para calentarse las manos con un calefactor. “Vete a la mierda, o súbete tú a la bici y pedalea tú”, le había soltado Hinault a Guimard cuando éste le dijo que se quitara un pasamontañas rojo no muy decoroso. A pesar de que iba aislado como un yeti (y ese fue el apodo con que la prensa inmortalizó su actuación) Hinault sufrió congelaciones tan graves que perdió definitivamente la sensibilidad en dos dedos”.

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