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Hostias pardas. O el inevitable protagonismo de la Ley de la Gravedad.

Hostias pardas. O el inevitable protagonismo de la Ley de la Gravedad

La ley de la Gravedad hizo el sábado su aparición en la Vuelta a España llevándose por delante los sueños de un corredor que estaba empezándose a ganar el cariño de los aficionados y que tras la caída terminó de conquistarles el corazón. Se llamaba Igor Antón, era vasco y le apodaban Fuji.

Nunca sabremos si hubiese llegado a ganar la Vuelta de 2010, pero desde luego iba bien posicionado. De hecho, iba el primero, y ya había ganado dos etapas. Pero las hostias son así. No avisan, ni te las esperas. Que se lo pregunten a Beloki y a su etapa de mountain bike sin final feliz.

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Aquel año, en el que Lance Armstrong debió ser eliminado del Tour por no completar el recorrido completo, (en el video se aprecia claramente como el texano toma un atajo en lugar de seguir por la calzada) las imágenes de la hostia parda de Beloki dieron la vuelta al mundo. “Han pasado siete años, pero no lo llevo bien, no. Los recuerdos son muy duros”, decía este verano el corredor vitoriano. Aquella caída le destrozó a la vez que le hacía grande.

La épica del ciclismo está llena de hostias pardas que reclaman protagonismo y cuota de pantalla para la incombustible ley de la gravedad que, lejos de creer que todo el monte es orégano, piensa que todo lo que se mueve es Zülle.

El simpatiquísimo suizo, que además de muchísima clase tenía 4,5 dioptrías en cada ojo, se cayó bajando La Cobertoria, en Asturias, en la Vuelta del 93, lo que le costó el triunfo final. En la etapa del Tour del 96 se cayó dos veces en Les Arcs. La segunda de ellas tuvo que ser rescatado por los fotógrafos de entre los matorrales.

Con todo, ganó dos vueltas a España, fue campeón del mundo y dos veces segundo en el Tour. Estaba tan cegato que un día, en el Tour del 95, en la etapa de La Plagne, el entonces director de la ONCE Manolo Sáiz, ordenó a un compañero que atacara. Zülle pasaba junto a Sáiz y creyó que se dirigía a él. Atacó, mientras en su equipo decían “¿Dónde va este gilipollas?”. Ese día ganó y consiguió el segundo puesto en el Tour de ese año.

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Otros ilustres también han perdido vueltas por caídas. Perico se fracturó una clavícula en el 84 mientras bajaba a tumba a abierta por Los Alpes y dejaba ojipláticos a los periodistas franceses, que le apodaron Le Fou (el loco). Esos mismos cronistas habían tenido que escribir un año antes como Pascal Simon se fracturó el omoplato en una caída y, pese a aguantar seis días más en carrera, no tuvo más opción que retirarse y dejar en bandeja el triunfo a un jovencísimo Laurent Fignon.

¿Y para qué hablar de Luis Ocaña y su caída? El único señor de Cuenca capaz de doblegar al mismísimo Eddy Merck en su terreno se cayó vestido de amarillo, cuando le sacaba más de siete minutos al mejor ciclista de todo los tiempos y tenía el Tour ganado. En un gesto que le honra, el belga no quiso al día siguiente salir vestido con el maillot amarillo.

Así es. Igor no ha inventado nada. Por desgracia, la historia del ciclismo está llena de casos en los que la Ley de la Gravedad priva al más fuerte de la victoria. Con mucha más mala fe que el Tío del Mazo ella siempre está ahí, liándola parda, en bajadas, curvas, sprints y adoquines, dispuesto a aguarle la fiesta al más pintado. Pero con los grandes campeones no puede. Les quita un Tour a lo sumo, o una Vuelta. Poco más puede arañarles. Igor volverá para vengarse. Aquí le esperamos.

Por Techo Díaz

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