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Luis Ocaña: El ciclista rebelde que vivió entre la amargura y la grandeza

Por un Señor de Toledo.- Está entre los grandes nombres del ciclismo y no es precisamente que su palmarés sea de los más floridos e importantes de la historia de este deporte, pero, por unas circunstancias y otras que ahora vamos a abordar, sí es uno de los más recordados; es un ciclista que tiene y siempre tendrá para sí, un pedazo de la historia del ciclismo.

Su nombre era Jesús Luis Ocaña Pernía, conquense de nacimiento, concretamente fue un 9 de junio de 1945, cuando la pequeña localidad de Priego lo veía nacer. Poco duraría su estancia allí, porque la posguerra y el hambre lo llevaron junto a su familia hasta Vielha y después al país vecino, Francia, buscando algo que echarse a la boca y un lugar donde poder vivir con dignidad.

Hasta ese momento, la vida de Ocaña, como cuenta el periodista Carlos Arribas en su libro ‘Ocaña’, fue tan humilde y estaba marcada por las estrecheces económicas y las miserias de posguerra, que su madre llamaba a Luis y a sus hermanos para que acudiesen a su casa a la hora de la merienda; y no lo hacía para dar a los ‘chiquillos’ su ración. Era para que no viesen como sus amigos comían el mendrugo de pan con chocolate, que en la casa de Luis no había.

A las penurias del hambre, se le unía una débil salud del joven. Y es que, en su caso, se hacía bueno el dicho popular de que a perro flaco todo son pulgas. Entre otras enfermedades, tuvo que superar una tuberculosis que le dejó marca para el resto de su vida. Desdentado y con aspecto débil, como un alfeñique, cosa que a su padre parecía no gustarle y se lo recordaba continuamente. Así era la vida de Luis, como relata Carlos Arribas.

Portada del libro de Carlos Arribas sobre la Vida de Ocaña
Portada del libro de Carlos Arribas sobre la Vida de Ocaña

Es en Mont de Marsan donde Luis Ocaña aprende a montar en bicicleta y donde va fraguando un carácter rebelde, marcado seguramente por las penurias a las que tenía que hacer frente día a día. Poco a poco, la suerte de la familia Ocaña cambió y la vida comenzó a mejorar. Fue entonces, y tras proclamarse Federico Martín Bahamontes ganador del Tour de Francia, cuando el joven Luis decidió que sería ciclista; y con esa rudeza y rebeldía que la vida le había inculcado, lucho hasta conseguirlo.

En el año 1968 hizo su debut como profesional y comenzó a despuntar, por lo que en España, la prensa deportiva le bautizó como el Merckx español. En 1969, obtuvo el segundo puesto en la Vuelta a España. Un año después, ganó la Vuelta y consiguió ser segundo en 1973 y 1976, y tercero en 1971.

Mercks y Ocaña
Las publicaciones de la época reflejaban así la lucha entre Ocaña y Mercks

Quizá las imágenes que todos los que no somos de aquellos años recordamos de Ocaña, son dos: Su victoria en el Tour de 1973, que fue la más importante de su vida. Se impuso en seis etapas y llevó el maillot amarillo desde la séptima hasta París. La otra, es la del Tour de 1971. Ocaña tuvo que abandonar la carrera debido a una grave caída en el descenso del Col de Menté cuando vestía el maillot amarillo y aventajaba en casi siete minutos y medio a Eddy Merckx.

Estas dos imágenes resumen perfectamente la vida de un ciclista que vivió continuamente en un debate entre la amargura y la grandeza. Fue grande, muy grande; un ciclista que le tocó bailar con la más fea… Eddy Mercks ha sido, según coinciden casi todos los aficionados al ciclismo, el mejor de todos los tiempos; o por lo menos, su palmarés así lo acredita. Luis Ocaña tuvo que desafiar al caníbal. Ganó un Tour de Francia, aunque en ese Tour el belga no estaba; y perdió otro por una maldita caída, cuando tenía más de siete minutos de ventaja en la general sobre Mercks.

Luis ocaña
Luis Ocaña en el Tour de 1973

 

Imagen de Ocaña tras su caída en el Tour del 71 en Col de Menté
Imagen de Ocaña tras su caída en el Tour del 71 en Col de Menté

Dicen de Ocaña que, de no haber coincidido con Mercks, su palmarés hubiese sido mucho mayor, pero también desde nuestro punto de vista, esta lucha lo hizo más grande y tiñó de heroísmo su carrera deportiva. Precisamente por eso, hoy es recordado como uno de los ciclistas más importantes de la historia de este deporte.

Una vez retirado se dedicó a la viticultura, viviendo en el sur de Francia con su esposa Josiane. En 1979, sufrió un accidente de automóvil en el que casi muere; y cómo veis su lucha entre amargura y grandeza continuaba acompañándole.

Finalmente, el 19 de mayo de 1994 decidió acabar con su vida debido a una fuerte depresión ocasionada por problemas económicos y por la enfermedad que sufría, la hepatitis C. El suicidio de Ocaña, de un tiro en la sien, fue fuente de controversias por parte de la familia del ciclista que denunció la posibilidad de un asesinato.

La tristeza y los sin sabores que le habían acompañado toda su vida, terminaron también tiñendo su muerte. No podía ser de otra manera, Luis Ocaña había muerto, pero su mito acababa de nacer. Un hombre que tuvo que luchar contra el hambre, las enfermedades, las penurias y la tristeza; que peleó en la carretera contra el más grande, que supo sobreponerse a todo y hacerse un hueco en el olimpo del ciclismo y que nos dejó como vivió; siempre luchando entre la amargura y la grandeza. Así era Luis Ocaña, y esta es su leyenda.

 

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