Por El Hombre de los Manguitos.- Cuando yo era un niño mis tías acostumbraban a celebrar el santo de mi abuela en una gran casa que tienen en Los Molinos, un pueblo de la sierra de Madrid, con todos sus nietos al final del verano. Aquel día solía ser muy divertido, todos los primos pasábamos el día jugando y riendo mientras celebrábamos el santo de la abuela.

Yo siempre que veía a mi abuela trataba de estar un buen rato con ella, ya fuera hablando o jugando a las cartas. A ella le gustaba mucho jugar al Tute y a mí me gustaba pasar el rato con ella, así que tampoco me importaba jugar al Tute. Jugábamos partida tras partida hasta que uno de los dos se aburría de jugar.

el hombre de los manguitos con la abuela jugando al tute
Bien podría ser el hombre de los manguitos con la abuela jugando al tute

Si le ganaba dos o tres partidas seguidas, mi abuela me miraba muy seria y me preguntaba:

– ¿No me estarás haciendo fullerías?

– No, abuela, que yo no hago trampas – protestaba indignado por aquella insinuación.

– Más te vale… Porque en la mesa y en el juego se conoce al caballero… y no hay nada más feo que hacer fullerías cuando se juega a las cartas.

Y con esa sentencia solía quedar el tema zanjado. Otras veces se quedaba pensativa y añadía:

– No hay nada peor que hacer fullerías cuando juegas con otro pero si las fullerías te las haces en un solitario además eres tonto… Porque jugar contigo mismo y hacerte fullerías es engañarte a ti mismo y eso es de ser muy tonto.

Siempre recordaré de mi abuela esa forma tan peculiar de llamarle a las trampas, y esa insistencia suya en que no hiciera trampas nunca, pero sobre todo que mantuviera las formas en la mesa y en el juego.

Quizá por eso nunca he sido capaz de sacar una chuleta en un examen… por eso o porque nunca tuve la sangre fría de poder sacarla (no soy ningún Santo, alguna vez me he hecho chuletas que luego no he sido capaz de sacar o no lo he necesitado).

Quizá también por eso me molesta mucho cuando pillo a alguien haciéndome trampas o intentándolo… y quizá por ello me cabrea también cada vez que salta algún caso de doping en alguno de mis deportes favoritos.

Hablar de ciclismo profesional y de doping es, por un lado, motivo de vergüenza y, a la vez, motivo de esperanza.

Es de vergüenza porque los casos de doping de los últimos 20 años es escandaloso tanto en número como en magnitud. En número porque son muchísimos los ciclistas que se han visto envueltos de un modo o de otro en escándalos de doping. Solo hay que mirar las fotos del podio de París al acabar el Tour de Francia de los últimos 20 años para darse cuenta de que esas fotos están plagadas de deportistas manchados por la sombra del doping.

Tal fue la cantidad de escándalos de finales de los 90 y de la primera década del siglo XXI que yo mismo comencé a pensar, y aún a día de hoy pienso, que los ciclistas profesionales y los atletas profesionales han perdido el derecho a que se confíe en ellos y que casi tengan presunción de culpabilidad.

Los controles antidoping son cada vez más estrictos. En el caso del ciclismo y del atletismo existen más controles y más exhaustivos de los que ha habido nunca, estando los deportistas en una suerte de libertad vigilada que les obliga, entre otras cosas, a informar todos los días de dónde van a estar, por si fuera menester enviar a un médico a las 6 de la mañana a recoger muestras de orina y sangre.

Este duendecillo lo deja muy claro
Este duendecillo lo deja muy claro

Todo esto mientras divos del fútbol como Leonel Messi se quejan de que han ido a un entrenamiento a sacarle una muestra de sangre.

Este control tan férreo, junto a la cordura de los recorridos de las vueltas por etapas en los que cada vez es menos frecuente encontrar etapas de más de 220 kilómetros y se ven con frecuencia etapas más cortas y nerviosas de 160 kilómetros son un motivo de esperanza.

Esperanza de que cada vez las carreras estén más limpias de tramposos por dos razones, la primera porque deja de merecer la pena hacer trampas cuando sabes que lo más probable es que te pillen; y la segunda porque, si bien 21 días de Tour, Giro o Vuelta son un esfuerzo terrible es menos terrible que cuando las etapas llegaban a durar 8 horas sin descanso dando pedales en la bicicleta.

De todos modos, resulta difícil defender a deportes tan quemados con el doping como el ciclismo y el atletismo. “Van todos hasta las cejas” o “Seguro que usan una nueva droga indetectable para los controles antidoping” o “Claro… se van a meter esas palizas con un plato de macarrones y un vaso de agua… y yo voy y me lo creo” son frases demasiado comunes a la hora de hablar de los ciclista y de los atletas de élite.

Yo, he de reconocer que muchas veces me quedo sin argumentos para defender a ambos grupos de deportistas. Al final la élite de un deporte se puede corromper por el dinero. No es extraño que un ciclista o un maratoniano se plantee el doping como recurso para mejorar su rendimiento, ganar una carrera, mejorar su contrato y ganar más dinero en publicidad. Si eliminas el dinero y la fama de la ecuación posiblemente desapareciera el doping.

Este argumento lo he utilizado muchas veces. Hasta hace poco hubiera puesto la mano en el fuego por los ciclistas aficionados que se lanzan al reto de completar la Quebrantahuesos, o las carreras del Sopla o por cualquier corredor popular en cualquier carrera ya sea de 10 Kilómetros, Medio Maratón, Maratón o carrera de Ultrafondo. ¿Qué interés tiene en doparse alguien que no sólo no cobra por practicar un deporte sino que lo normal es que pague? Pues sigo sin saberlo… pero la realidad me supera en este caso.

Hasta hace poco defendía con inocente vehemencia que nadie que corre o monta en bici por amor al arte pudiera llegar a poner en riesgo su salud dopándose, ya que, cuando se corre por amor al arte, se corre contra uno mismo. Y digo “hasta hace poco” porque desde las últimas Navidades solo puedo poner la mano en el fuego por mi mismo.

El pasado 28 de diciembre de 2014 se celebró en Salamanca la San Silvestre popular de aquella ciudad. Estas carreras de fin de año se llaman San Silvestres por el nombre del santo al que corresponde el último día del año, aunque en ocasiones, como sucede en el caso de Salamanca no se celebre el día de San Silvestre sino el último domingo del año, que este año coincidió con los Santos Inocentes.

Los corredores estaban a pocos minutos de comenzar la carrera cuando a alguien de la organización se le ocurrió gastar una inocentada. Por la megafonía de la salida se anunció que para asegurar la limpieza de la prueba se realizarían controles antidoping a los cinco primeros clasificados y a 20 corredores más al azar.

Algunos corredores comenzaron a protestar airadamente por lo que entendían que era un cambio de normas no recogidas en el Reglamento de Carrera. Se dio la salida y algunos corredores directamente se retiraron… ¿Será que no que querían hacer pis en un botecito?

Otros tomaron la salida y, al verse en las posiciones de honor, sufrieron una más que sospechosa visita del Tío del Mazo que les hizo perder puestos… y no, no hablamos de un pequeño mazazo, sino de gente que estaba corriendo a ritmo de 3 minutos y 15 segundos el kilómetro pasó a hacer los últimos kilómetros a un ritmo de 5 minutos y medio.

En fin, que lo que iba a ser una broma inocente acabó por destapar a algunos corredores populares que tenían algo que ocultar… y, de paso, me han hecho caerme del guindo de mi inocencia.

Doparse por dinero y fama está feo… pero doparse en una carrera popular sin más premio que el vencerte a ti mismo es de idiotas.

Como decía Fuensanta, mi abuela, “No hay nada más tonto que hacerse fullerías en un solitario.”

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