Por Techo Díaz.- Lo primero que quiero aclarar es que, desde mi punto vista, ayer se logró un gran éxito para el deporte: una medalla de bronce en los campeonatos del mundo de Limburgo (Holanda). Un bronce que, al titular me remito, vale su peso en bronce, en el material en que esculpían los griegos a sus dioses.

El mismo bronce que dio forma al discóbolo de Mirón o a los frisos del Partenón adorna ahora el cuello de Alejandro Valverde y desde el whatsapp a las redes sociales surgen sin embargo voces que piden la cabeza del murciano, del cántabro Óscar Freire o del seleccionador José Luis de Santos.

En la malacostumbrada España de Iniesta, Nadal y los Gasoles tendemos a exasperarnos cuando perdemos un partido contra Suiza, una final a cinco sets o un rebote contra LeBron James, así que el ciclismo no va a ser la excepción. El metal que no han podido oler selecciones como Italia, Francia o Australia a muchos les sabe a poco y cierto es que razones había para soñar con el oro.

España presentaba, ya lo habíamos dicho, el mejor nueve de su historia. Cualquiera de los que corría podía haber ganado medalla y hasta seis gallos (no nos olvidemos de la gran temporada de Dani Moreno) optaban al oro del corral. Pero cuando Philippe Gilbert arrancó como un poseso dando gran muestra de su enorme clase nadie pudo seguirle. Ni el corredor de Azerbayán, Elchin Asadov, ni el uruguayo Fabricio Ferrari ni las potentes escuadras de Alemania, Italia, Francia, Holanda, España, Australia o Gran Bretaña.

Gilbert ganó con tanta clase que revaloriza el campeonato del mundo, un campeonato que además parecía especialmente diseñado para el doble campeón de la Amstel Gold Race, que se disputa prácticamente en el mismo recorrido. Si Gilbert está en forma es el mejor clasicómano del mundo y el campeonato del mundo, valga la redundancia, es una clásica. Nunca lo va a ganar Alberto Contador, o Bradley Wiggins. Salvo mayúscula sorpresa.

Sin embargo a diez kilómetros del final, a tres si me apuras, iban todos juntos y las posibilidades para España estaban intactas. Se especulaba con Sagan, con Boonen, con Degenkolb o con Freire y hay hasta quien soñaba con un ataque de Purito en el Cauberg a lo suicida, como en la Vuelta, que callase bocas y sumase medallas.

Cuando saltó Philippe Gilbert todo se acabó. Desde España miramos con tensión hacia el televisor, a ver si aparecía uno de rojo, pero nada. Cuando al fin vimos a uno era a Valverde, que parecía fuerte, pero como con dudas. Algunos pensaron que era tonto, otros que iba de farol, otros que iba a asegurar la plata, otros que iba agotado…

Cualquier interpretación es válida y entra dentro de los derechos fundamentales del telespectador, pero lo cierto es que faltaba muy poco para la meta y no sólo Gilbert iba como una bala. También Kolobnev, y un noruego con nombre de helado. Así que Alejandro tiró para adelante y consiguió amarrar un bronce por delante de los tubulares del mismísimo Degenkolb, que probablemente hubiese sido el ganador en caso de un hipotético sprint.

Y entonces fue cuando estalló la polémica. Freire, que entró décimo, dijo que se había sentido solo y Valverde que si no hubiese esperado a Freire habría ganado el oro. Y vale que las declaraciones son en caliente, pero son un poco lamentables. Por varias razones: porque dejan entrever un ambiente poco amigable en la selección, porque desvirtúan el valor de un bronce que no es modo alguno en fracaso y tercero porque se pasan un poco de gallos.

Luego se supo que –recordemos, el mundial era sin pinganillo- que Valverde iba a estar a la rueda de Gilbert y Freire a la de Boonen. Quizás ese fue el primer error. Bélgica tiene un equipazo y más experiencia en las clásicas, pero ¿tiene algo que envidiarle España? ¿No tendrían que haber estado ellos a la rueda de los españoles?

Parece ser que De Santos pidió en la última vuelta que todos estuvieran con Freire previendo un sprint, pero no nos engañemos. El ciclismo no es fútbol y lo que diga un entrenador tiene un peso relativo cuando faltan dos kilómetros para la gloria y llevas más de 250 en las piernas, a una media superior a 40 km/h.

Si te llamas Sergio Ramos y te encaras con tu entrenador puede ser que al día siguiente estés en el banquillo, pero si la selección es de ciclismo y sólo corres una vez al año probablemente no ocurran esas cosas. Y si a dos kilómetros de meta te ves con fuerzas para tirar hacia adelante y lograr una medalla yo creo que debes hacerlo. Eso es lo que hizo Valverde y eso es lo que celebramos hoy: un bronce que vale su peso en bronce.

Valverde entra tercero en el mundial de Limburgo

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