Por El Hombre de los Manguitos.- Hace ya casi 20 años, en uno de mis primeros días en la Universidad, el profesor de Introducción a las Ciencias Jurídicas no apareció por el aula 537 de la Facultad de Ciencias de la Información. Pasados 10 minutos de la hora en la que el señor Jerez (que tiempo después se hizo famoso por amenazar en reiteradas ocasiones con expulsar de clase a un futuro miembro del grupo Vetusta Morla) debería haber empezado a dar clase, la mayor parte de los alumnos se fueron a la cafetería o a pasar la mañana tirados en el césped mientras que unos cuantos decidimos quedarnos en aquella aula y, con una baraja de cartas y unos garbanzos, echarnos una partida de mus mientras esperábamos a la siguiente hora de clase.

La partida iba discurriendo normal, éramos 4 jugadores y recuerdo que yo jugaba de compañero con un chico de un pueblo de Toledo llamado Fulgencio y que pasaría a la posteridad por su apodo de “Ful26” años después. A mi lado, se puso otro compañero de clase, del mismo pueblo que Fulgencio, que no quería jugar pero que le apeteció quedarse a dar conversación y seguir la partida.

En un momento de la partida me tocaba a mí ser la mano del juego. Vi mis cartas y, al comprobar lo horribles que eran, supe que quería descartarme de ellas en seguida… pero como no quería que se notara que mis cartas no valían para nada puse mi mejor cara de mus, me hice el pensativo, como si dudara entre cortar el mus o no… Con parsimonia saque un cigarrillo de mi cajetilla de Ducados, volví a hacerme el dubitativo mientras cogía el mechero y, finalmente, con decisión dije “Mus” al tiempo que encendía el mechero para empezar a fumar…

quemarse las cejas
Así las gastaba en sus años mozos Un Señor de Toledo

Fue entonces cuando sucedió todo… Una enorme llamarada salió de mi mechero encendiendo el cigarrillo y deslumbrándome a la vez. Tras un momento de estupefacción me recompuse aunque sólo alcancé a preguntar “¿Quién ha sido el hijoputa?” mientras unas risas escandalosas provenientes de mi derecha delataban al culpable… el convecino de mi compañero de mus, quién, entre risas, intentaba disculparse por la broma. El caso es que el muy perro no podía parar de reír, más aún cuando reparó en que la llamarada me había churruscado algunos pelillos de las cejas. Acto seguido fui a comprobar el desaguisado en el cuarto de baño y, efectivamente, aunque no había pasado a mayores, algunos pelillos de mis cejas habían ardido.

Este suceso ha quedado grabada en el grupo de amigos como la “Mítica historia de las cejas” y el cabronazo (dicho sea desde el cariño) que me quemó las cejas no es otro que el artista que firma sus artículos como “Un señor de Toledo”.

En estos 20 años el “quemacejas” no ha perdido oportunidad para rememorar la historia de las cejas una y otra vez. Pero lo curioso del caso es que si la historia de las cejas la cuento yo (que tengo menos gracia que la sección de esquelas de un periódico) la historia pasa de ser mítica a una mera anécdota… y si la cuenta el “quemacejas”, que en estos 20 años la habrá contado unas 1500 veces, las risas siguen siendo tan sonoras como el primer día… Yo creo que el tío la ensaya en su casa… y que incluso habrá utilizado esta historia hasta para ligar.

La conclusión de todo esto es que, una historia, aparte de ser buena ha de tener un gran narrador para que no se estropee y pueda perdurar en el tiempo y no quedarse en una mera anécdota.

quemrase las cejas con el mechero
Con el tiempo, la ficción se adueña de la realidad si la historia esta bien contada. Los memes no tardaron en salir aunque no existiese casi ni Internet…

Algo parecido pasa con las historias del ciclismo. Cada carrera, cada clásica, cada etapa es una gran historia que merece ser contada, bueno… contada a secas no…. Que merece ser bien contada, y, para ello, tanto en radio como en televisión nos han contado la historia del ciclismo narradores míticos.

Para mí, no se puede entender el ciclismo de finales de los 80 y de la década de los 90 sin mencionar a Pedro González, o lo que es lo mismo, a ese periodista que había detrás de aquel bigote enorme y que narraba las etapas con una mezcla de alegría contenida y tranquilidad que le permitían guardar las formas en todo momento, salpicando su narración de miles de anécdotas. Por hacer una analogía Pedro González era al ciclismo lo que José Ángel de la Casa al fútbol, con la diferencia de que a Pedro González jamás se le escapó un gallo como el que se le escapó a José Ángel de la Casa en el gol de Juan Señor contra Malta.

La labor de Pedro González era, en ocasiones, bastante complicada, ya que en aquella época era bastante habitual que, cuando las condiciones climatológicas eran adversas, la retrasmisión de televisión apenas tuviera imágenes de la carrera porque el helicóptero no podía despegar y no se podían recibir las imágenes emitidas desde las motos. En esas ocasiones tiraba de anecdotario, de la escasa información que le llegaba por Radio Vuelta y de las comunicaciones que le llegaban de las Motos de Televisión Española.

Pedro González TVE ciclismo
Pedro González

En una de las motos siempre estaba Alberto Bacigalupe que informaba puntualmente de si alguien intentaba una escapada o si había una caída en el descenso de un puerto que aún no se hubiera visto en televisión. La sensación que me daba siempre que comunicaba Alberto Bacigalupe mientras descendía en moto por cuestas vertiginosas es que iba con más miedo que otra cosa… y no era para menos, porque narrar a bordo de una moto que va a 70 u 80 kilómetros por hora persiguiendo a unos locos que van en bicicleta tomando curvas imposibles es para ir con miedo. Si a Pedro González se le podría definir como el hombre detrás de un bigote, a Alberto Bacigalupe se le podría recordar como el periodista que perseguía a los ciclistas.

Desde 1994 Pedro González tuvo de compañero a Pedro Delgado que acababa de colgar la bicicleta para descolgar el micrófono, al principio con los nervios y las inseguridades del principiante, y poco a poco con más tablas y recursos hasta el punto de competir en televisión contra Arturo Valls y Cristina Pedroche por el título del mejor contador de chistes malos.

Chistes aparte, Pedro Delgado da ese punto de vista del que ha sido profesional de la bicicleta a las narraciones deportivas de Pedro González primero y Carlos de Andrés después. Creo que Pedro Delgado pese a la ínfima calidad de sus chistes es un gran complemento a las narraciones ciclistas.

Pedro González falleció el 1 de Enero de 2000 víctima de un ataque cardiaco. Tuvo la fortuna de narrar para Televisión Española 6 victorias españolas en el Tour de Francia, 3 victorias en la Vuelta a España, el oro olímpico de Induráin y dos mundiales, el de Olano en 1995 y el primero de Oscar Freire en 1999. Yo, personalmente, siempre lo recordaré por su última gran retrasmisión, la que llevó a un desconocido Oscar Freire a lo más alto en el Mundial de Verona de 1999 con una prodigiosa arrancada de más de un kilómetro que sorprendió a sus compañeros de fuga mientras Pedro González, fiel a su estilo tranquilo, la narraba con un punto de emoción e inmensa alegría contenida.

Carlos de Andrés TVE ciclismo
Foto de cuando a Carlos de Andrés le mandaban a cubrir el Tour del Porvenir para que fuese cogiendo rodaje…

A Pedro González le sucedió Carlos de Andrés, que ha sido capaz de llevar un poco más de emoción a las etapas de montaña llegando a tener un estilo casi radiofónico… y digo casi radiofónico porque la gracia de la televisión está en las imágenes y la narración suele pasar a un segundo plano. Me gusta el tándem que forman Carlos de Andrés y Pedro Delgado y el modo en que Televisión Española nos hace llegar la Vuelta, el Tour y, por fin, el Giro de Italia.

Pero ¿Qué pasa cuando no existe la imagen y hay que narrar el ciclismo? Pues que hay que encender la radio y encontrarte con los verdaderos monstruos de la narración, capaces de hacerte llegar en mil palabras todas las emociones que transmitirían unas imágenes que no puedes ver.

En este apartado merece una mención aparte José María García. No porque fuera un gran narrador, que no lo era; sino por el despliegue de medios que ponía al servicio de la radio para llevar la Vuelta a España a todo el mundo con todo tipo de detalles. Recuerdo que seguía etapa tras etapa con un helicóptero propio, tenía conexiones permanentes con los coches de los equipos españoles, esperaba en línea de meta para ser el primero en entrevistar al ganador de la etapa e incluso tuvo de comentarista habitual al Ministro del ramo en aquel momento y actual Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.

Eso sí, cada cual tendrá sus preferencias, pero no se puede hablar de ciclismo en radio y no hablar de Javier Ares. Más de 30 años retrasmitiendo carreras ciclistas por la radio y la emoción y la épica que transmite en cada una de sus narraciones parecen las mismas del primer día. Sólo hay que oír la presentación que hace de cada etapa del Tour para pensar que cuando el último ciclista llegue a la meta el ciclismo se acabará para siempre… que digo el ciclismo, el Cielo se abrirá y una lluvia de azufre acabará con nuestra existencia.

De hecho, en ocasiones los amigos que escribimos en este blog hemos acabado haciendo imitaciones de Javier Ares en la presentación de las etapas con frases grandilocuentes como: “Esos colosos alpinos que son Galibiere y la Madeleine que van a separar el grano de la paja de este Tour de Francia” o “Cuando las rampas del Angliru miren hacia el cielo y la carretera separe a los hombres de los niños….” O “Hoy no se decidirá el Tour de Francia, pero sí veremos quién va a caer como fruta madura y se va a despedir de sus aspiraciones de victoria en París”…

Hacer una presentación épica de una etapa de montaña es relativamente fácil… pero es que el señor Ares va un poco más allá, haciendo que la presentación una de las denominadas “etapa-siesta” te pueda llevar a creer que estás ante un etapón increíble que no te puedes perder. Voy a explicarlo con un ejemplo.

Un martes del mes de Julio cualquiera después de una mañana de playa y una comida copiosa te tumbas frente a la televisión para ver el final de etapa del Tour. Ves el perfil prácticamente llano, el pelotón agrupado, te tumbas en el sofá y bajas el volumen de la tele porque sospechas que hoy no merece sacrificar la siesta por el Tour de Francia porque se va a decidir al sprint casi seguro… y en ese momento cometes el error de poner la radio y escuchar a Javier Ares presentando la etapa.

ciclismo en radio
Javier Ares, el jodesiestas

Y lo malo es que acabas sobresaltado porque te acaba de convencer de que a 30 kilómetros de meta hay un fuerte viento racheado que viene de lado que va a provocar abanicos y que seguro que alguno de los que luchan por la general perderá un tiempo precioso…. Pero no solo eso, sino que hay un repecho a 10 kilómetros que lo puede aprovechar algún jornalero de la gloria para quitarle la etapa a los sprinters en sus narices…. Y no sólo eso, sino que las malvadas rotondas francesas pueden provocar más de una peligrosa caída…

Y con todo esto, tu espíritu que estaba ya casi sesteando se ha despertado sobresaltado ante la perspectiva de una etapa tensa de cabo a rabo… aunque al final la decepcionante realidad te lleva a una siesta desaprovechada en una etapa que acabó al esprint.

Señor Ares… Me debe Usted unas cuantas siestas.

Seguro que me dejo a muchos narradores en el tintero y cada cual tiene sus filias y sus fobias; pero tan solo he expuesto aquí los que, a mi juicio, merecen una mención como grandes contadores de historias.

La historia de las cejas, la que sucedió cuando jugué al mus con Ful26 el día que el profesor que amenazaba con expulsar a un futuro miembro de Vetusta Morla no vino a clase… Esa historia ha demostrado que, para que merezca la pena, es necesario tener un gran narrador de historias.

Las historias del por qué del apodo de Ful26 y de la amenaza de expulsión de clase al futuro miembro de Vetusta Morla son historias que deberán ser contadas en otro momento… cuando haya un narrador adecuado para ellas…

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